martes 22 de diciembre de 2009

FELIZ NAVIDAD


Estas fechas son para mi especiales, mágicas. Si pudiera transmitir este sentimiento por telepatía lo haría. De todas maneras este blog tiene algo de eso. Lo importante es no perder ese espíritu que disfrutábamos de niños. El otro día volví a ver una película que se llama “Polar Express”, en ella Papa Noel le da a un niño que ha perdido el espíritu de la navidad un cascabel; pero no un cascabel cualquiera sino uno que sólo lo oyen los que conservan ese espíritu, consiguiendo que el niño lo recupere, y aunque y mientras sus amigos al hacerse mayores dejaron de oír el cascabel, él siempre lo siguió escuchando. Supongo que lo mejor sería que ese espíritu nos durara todo el año; sin embargo, es tan bonito recuperarlo aunque sólo sea por navidad

viernes 4 de diciembre de 2009

SÁBADOS LITERARIOS DE MERCEDES





CUENTO DE NAVIDAD

LOS ABRIGOS

Había una vez una niña muy pobre; pero que muy pobre. Fijaos si era pobre que los únicos guantes que tenía estaban agujereados por todos los lados. Bien, pues como os decía esta niña vivía con sus cinco hermanitos y su madre en una pequeña casa hecha con tablas y cartones. Su padre las dejó abandonadas de la noche a la mañana y pronto se vieron abocadas a la miseria. Disponía de muy poca cosa para comer y, aunque su madre se pasaba todo el día fuera realizando faenas en otras casas, no les llegaba ni para una taza de caldo.
Laura, que así se llamaba la niña. mientras la madre estaba fuera cuidaba de sus hermanos. Apenas iba al colegio y muchas veces la asistenta social venía a buscarla para que asistiera a clase; ella no quería porque sus hermanitos se quedarían solos. La situación era penosa y la madre no podía hacer nada para mejorarla, porque no disponía de medios para que alguien atendiese a los niños; ella apenas disfrutaba de tiempo para estar con ellos. Un día, los servicios sociales consiguieron encontrarla y le pusieron un ultimátum. Los niños no permanecerían solos ni un día más o no tendrían más remedio que llevárselos. Juani comenzó a llorar, ¿qué haría ?, no podía perder a sus hijos...
La navidad se acercaba y las calles presentaban sus mejores galas para esas fechas tan señaladas. Era veintitrés de diciembre y Juani decidió salir a pasear con sus cinco hijos. Los vistió, los peinó y con la cabeza muy alta, todos de la mano, comenzaron a andar por todas aquellas calles tan bonitas. Los niños abrían los ojos como platos, embobados por aquella sensación que les invadía de felicidad; pero pronto el frío les empezó a calar los huesos y la felicidad empezó a empequeñecer. Sentados en un banco, observaban todo aquel espectáculo, tan absortos estaban que no se fijaron que un joven se sentó junto a ellos, con una bolsa en la mano de unos grandes almacenes.
—¿Parece que su hijos tienen un poco de frío?
La mujer reaccionó asustada
—Bueno, es que aquí sentados se queda uno helado.
El hombre, que vio como los pobres niños iban vestidos, reaccionó rápido.
—Si me permite les voy a hacer un regalo; no hay para todos, pero eso lo solucionaremos.
Sacó de la bolsa dos abrigos recién comprados y se los dio a los niños. La mujer lo miró con sorpresa:
—No, no lo puedo aceptar, seguro que son para sus hijos.
—Lo ha adivinado. No se preocupe, ellos lo necesitan más, y ahora acompáñeme que los otros tendrán el suyo.
Aunque al principio se resistió, la mujer después aceptó y se acercaron al gran almacén donde aquel señor les compró abrigos para todos. Después los convidó a tomar un chocolate. Allí sentados la mujer le cogió confianza y comenzó a explicarle su situación. Resultó que aquel hombre era ni más ni menos el dueño de una fábrica de ropa; tenía dos hijos y su mujer hacía dos meses que había fallecido, lo tenía todo; sin embargo, era la persona más infeliz de la tierra, hasta el momento en que vio a Juani con sus cinco hijos abandonados a su suerte. Necesitaba hacer algo por ellos; primero fueron los abrigos, y no todo se iba a quedar allí en un simple gesto, le buscaría un trabajo a su madre en la fábrica y, con lo que ganase, ayudándole él un poco, contrataría una canguro para que llevara y trajera a los niños de la escuela.
Aquella madre no podía creer lo que le estaba pasando; no le quitarían a sus hijos, y todo por ese hombre; porque, aunque parezca mentira, aun quedaba buena gente en el mundo. Sí, a partir de ahora estaba segura, su vida tomaría un rumbo mejor hacia el futuro.

miércoles 11 de noviembre de 2009

EL BAILE



Llevaba tres años muy sola, apenas salía y estaba al borde de la depresión. El trabajo la deprimía y cada día le representaba una montaña. Desde que la dejó Luis, su vida se paró en seco, dependía tanto de él que estuvo un mes comiendo lo imprescindible para no morir de hambre. No había amigas que la consolaran, ella se encargó de apartarse y dejarse absorber por su novio. Era el hombre con el que se casaría, nunca imaginó que en realidad Luis hiciera el doble juego tan bien y sobre todo que ella fuera tan boba de no enterarse de nada. No tenía aficiones fuera de su novio.
El día que su madre la puso en guardia, se negaba a creerla, porque la verdad es que a ella jamás le gustó; sin embargo, la curiosidad le pudo, se acercó a aquella casa y allí la venda se le calló. Jugó con ella todo el tiempo y quería continuar jugando. Quedó en estado de shock y le daba un miedo horroroso salir y enfrentarse a la realidad.
Pero aquel día iba a cambiar eso, se duchó con mucho mimo y se sentó con tranquilidad frente al espejo. Primero con una sombra de ojos azul claro; poco a poco, con un movimiento suave aquel pincel, como si de un pintor se tratara, fue impregnando su párpado hasta que estuvo totalmente cubierto. Después, el lápiz perfiló perfectamente los labios y con una pequeña esponja y unos ligeros toques en la mejilla acabó aquella liturgia. No tenía muchas ganas, aunque decidió hacerle caso a su madre, iría a aquella academia de baile, se divertiría, el mundo no se acababa.
Entró en la sala, al menos seis parejas bailaban frenéticamente rock and roll, llegaba un poco tarde y la clase ya había comenzado. Se quedó un rato observando los movimientos de baile, hasta que la profesora advirtió su presencia. Con un gesto cariñoso y agarrándola por el hombro la presentó a sus compañeros, enseguida la introdujo en el baile que practicaban y poco a poco quedó imbuida del frenesí de sus compañeros. Una nueva etapa se abría ante sus ojos y, seguro que la aprovecharía.

viernes 6 de noviembre de 2009

SÁBADOS LITERARIOS DE MERCEDES



Bueno ya se que ultimamente no tenemos muy buena fama, debido a lo mal que lo ha hecho nuestro alcalde y sus compañeros de fechorías, al menos eso es lo que parece. Pero también tenemos cosas buenas y personas magnificas que trabajan para hacer una ciudad mejor. Supongo que es por eso que me siento a gusto, y no la cambiaría por nada del mundo.

EL LUGAR DESDE DONDE ESCRIBO

Mi ciudad, aunque es una de las mal llamadas dormitorio, posee algún lugar que otro con encanto; entre ellos el parque fluvial del río Besós. Allí la gente sale como hormigas, sobre todo los veranos: pasea, juega al football y sobre todo va en bicicleta. Cuando caminas sientes el aire rozándote la cara; sin embargo el olor a veces no resulta muy agradable, a pesar de la depuradora que limpia las aguas del río. Es un paraje ideal para reflexionar.
Otro rincón con su “aquel” es el que rodea a la iglesia más antigua de la ciudad, la de Santa Coloma, con sus casitas antiguas con aquellos relieves curvados propios de los años cincuenta. Algunas de ellas cuentan incluso cien años, por lo que te sientes transportada a otro tiempo, y supongo que debe ser por eso que muchas veces me sirve de fuente de inspiración. Y no sé cómo, cuando voy andando por esas calles me siento tan relajada que aparece la historia, como si una bombilla se iluminara. Sí, ya sé que parece inverosímil, pero es verdad. Después llego a casa, cojo mi portátil, me siento en mi sofá, cierro los ojos y, con la luz entrando por el balcón iluminándome la cara, siento un candor tan agradable, que es el momento ideal para escribir y bucear en mi interior para arrancar todo lo que ha quedado en el subconsciente. No siempre sale a flote, pero cuando lo hace me siento la persona más feliz del mundo.

lunes 12 de octubre de 2009

EL CANAL





Allí sentada observaba las góndolas que se dirigían arriba y abajo. En una de ellas un grupo de personas disfrazadas parecía ir encaminada a un baile de disfraces. En esos momentos me vi allí, entre ellos, disfrutando de su compañía y charlando animadamente, con el gondolero remando pausadamente, sintiendo el candor del agua, suave y delicada como una débil brisa rozándome la cara. Era un momento tan mágico que mis pinceles no podían esperar un minuto más. Con la espátula intenté imitar la textura del agua, con movimientos vigorosos untaba de pintura mi tela, me alejaba y volvía inclinando hacía el otro lado mi mano. Había instantes que permanecía absorta con mi mirada fija en aquel paisaje único. Era preciso, plasmar ese trocito de vida en aquella tela, si, ya se que nunca sería lo mismo; pero ahora , aquí sentada cuando miro el cuadro, cierro los ojos y me encuentro otra vez junto aquel canal gozando de esos instantes eternamente maravillosos, de aquella ciudad, a la que tal vez, - quien sabe- vuelva un día.

viernes 2 de octubre de 2009

SÁBADOS LITERARIOS DE MERCEDES


HISTORIA DE MIS MUEBLES

EL CAMAROTE

Fue la primera amiga a la que le compraron un dormitorio de mayor, y nos lo enseñó muy ilusionada. Cuando entré allí, no me lo podía creer: una preciosidad. Aquellos muebles eran diferentes a los que estaba acostumbrada; parecía que nos encontrábamos en el camarote de un barco, pero de lujo. El armario disponía de unas puertas en forma de persiana, cuyo tono marrón oscuro le daba un aire muy señorial. Al lado de la cama, un escritorio hacía pensar que de pronto aparecería tras él el capitán del buque. Mi amiga se sentía orgullosa de esos muebles porque dibujaban perfectamente su personalidad: metódica, delicada y un poco romántica. Parte de su vida pasó con aquel mobiliario como testigo mudo de momentos llenos de esperanza, de otros cargados de tristeza, por él no se notaba el paso del tiempo. En los últimos años añadió a ese cuarto un piano de color caoba, y la estancia adquirió un tono nostálgico muy peculiar. Cuando hace poco cambió de piso, sólo se pudo llevar parte de esa habitación. Y yo lo sentí, claro que lo sentí; y si alguien me pregunta: ¿por qué? Porque ese mueble había formado parte, si no de mi vida, sí de algún capítulo de lo que representó mi juventud.




jueves 17 de septiembre de 2009

EL CARTEL


Después de unas semanas de sequía me he decidido a escribir este relato. El cartel es real, el año, así como el nombre de la actriz son fictícios. Hice este cuadro al final del curso escolar y inspirándome en él se me ocurrió el relato.

El CARTEL

—Es usted preciosa —le dijo un tipo a una señorita que tomaba café en la Rambla de Barcelona (concretamente el Café de la Ópera, enfrente justo del Liceo).

En esta época —1920— no se veía muy bien que una señorita estuviese sola en un bar; por eso Carmen decidió no contestar, pero el hombre insistió.

—Perdone, no es mi intención molestar, trabajo para la bebida Coca-cola, no sé si la ha oído usted.

—Sí, dicen que una señorita no debe probarla, porque contiene no sé qué sustancia.

—Bobadas, eso es la competencia, como no pueden hacer nada frente a nuestro éxito, nos intentan injuriar.

—Ya, bueno, ¿y yo, qué tengo que ver con eso?

—Sí me permite, se lo explico.

Aquel hombre —ni muy joven ni mayor, de una edad indefinida, podía rondar los treinta y cinco años; lucía el pelo engominado, con entradas que destapaban una frente despejada, bigote que se perfilaba por encima del labio, facciones angulosas que le hacían parecer mayor, camisa blanca y corbata negra, traje negro ajustado y zapatos negros resplandecientes— comenzó a comentar a aquella chica su misión.

—Mire, señorita, para promocionar su producto mi compañía se dedica a realizar una propaganda mediante carteles con personajes atractivos que tienen en su mano una botella de Coca-cola, o bien que se note que se sienten atraídos por ella. Hace un mes que estamos buscando una chica que de un aire sensual a nuestra bebida y que se parezca a una de las divinas de nuestro cine: Rita Heimburg. Usted es la única que cumple esa condición.

La joven, mirando a aquel individuo con cara de incredulidad, le respondió:

—No me diga que en toda América no ha encontrado nadie que se parezca a esa Rita. Además yo no soy una cualquiera, ¿qué diría mi familia?

—Perdone si se ha sentido ofendida; pero no se preocupe, su familia puede estar presente en todo momento, nada más tendrá que posar un par de sesiones, por supuesto con un vestido —un poco llamativo, eso sí—, aunque no se le verá nada. ¡Ah!, y tendrá una buena recompensa, trescientas pesetas y además el verse inmortalizada por todo el mundo.

La joven se quedó pensativa, una pequeña arruga en la frente aumentaba su belleza, su cara rosada formaba un óvalo perfecto y su pelo moreno lleno de ondas hechas perfectamente al agua; sus labios pintados de rojo realzaban su sensual forma carnosa. Si aceptaba, seguro que su vida cambiaría; pero estaba completamente convencida de que sus padres no lo aceptarían. Una serie de imágenes aparecieron delante de ella, recorriendo países y países, homenajeada por todo el mundo. De pronto, una voz la despertó de su sueño.

—¡Señorita, señorita!

—Sí, sí, ¡ay¡, disculpe, estaba distraída.

—Bien, ¿qué decide?

—Acepto —-dijo con voz temblorosa.

—No se arrepentirá —contestó el tipo con una sonrisa pícara, sintiéndose triunfante en su misión.

—¿Y qué es lo que tengo que hacer?

—Tendrá que acompañarme a casa del cartelista. Quedamos mañana a las cuatro de la tarde aquí mismo.

El hombre se despidió. Y allí quedó la chica, con sus pensamientos e ilusiones ante lo que le esperaba. Volvió a su casa; bueno, en realidad a casa de sus padres. Unos padres algo mayores para tener una hija tan joven; pero la naturaleza fue caprichosa con ellos, cuando ya no esperaban nada de nada, la casa se llenó de risas con el nacimiento de Carmen. No disponían de gran cosa, y ella ganaba más bien poco con su trabajo de modista. Cuando veía aquellas revistas llenas de modelos tan bien vestidas, soñaba con parecerse a ellas; y tal vez ahora por fin había llegado el momento. Sus padres podrían disfrutar de una buena casa y vivir más desahogados.

Al día siguiente volvió al café, allí esperaba aquel hombre. Se dirigieron Ramblas abajo a la calle Puertaferrisa, allí se encontraba el taller del pintor. Subieron y subieron escaleras hasta llegar al ático, donde la luminosidad era impresionante. Un hombre de unos veinticinco años, con el pelo revuelto, les abrió la puerta. Éste se quedó embobado al ver aquella joven tan guapa. El hombre que acompañaba a Carmen lo sacó de su ensimismamiento.

—Peter, le presento a Carmen.

—Hoola, encantado —dijo con voz temblorosa.

Le enseñó el estudio, por fin le indicó dónde iba a posar y el vestido que luciría. Ella no se había imaginado que sería llamativo. Era rojo escarlata, ceñido y sin tirantes; quedaba al descubierto parte del pecho y los hombros. Además, en las manos debía ponerse unos guantes del mismo color. En un primer momento le entraron ganas de correr; los dos hombres, desde luego se dieron cuenta.

—¿Qué le pasa, Carmen? ¿No se querrá echar atrás?

—No, no me pasa nada —dijo Carmen con voz entrecortada.

Poco a poco, detrás de un biombo se quitó la ropa y empezó a colocarse el vestido rojo escarlata. Cuando acabó, agarró los guantes y con suavidad los fue introduciendo en sus dedos y los deslizó hasta el codo. Una vez acabado el protocolo, se dirigió al lugar donde posaba. Una cortina granate de fondo, ella sentada en un taburete de madera, la cabeza ligeramente ladeada y en su mano izquierda una botella de Coca-cola.

—Bien, señorita Carmen, lo hace usted muy bien. La cabeza un poco más hacía atrás y sonríe un poco.

Al principio se encontraba cómoda; pero tras un par de horas ya no podía más. Empezó a sentir un dolor de cuello horroroso y la sonrisa de la boca le iba desapareciendo. El pintor lo notó rápido y, dirigiéndose a ella, le comentó.

—¿Está cansada?

—Un poco, sí.

—Aguante un poco más, que casi acabamos.

Cuando acabó la tercera hora se dio por finalizada la sesión. Era un poco tarde, así es que cuando llegó a casa se tuvo que inventar una excusa para tranquilizar a sus padres; dudó que la creyeran. Le hicieron prometer que no volvería a venir tarde.

Al día siguiente volvió a su definitiva y última sesión. Igual que el día anterior, más segura de sí misma, se colocó el vestido, los guantes y se dispuso a posar. Hoy recibiría su recompensa y nunca más vería a aquellos tipos, y más después de las miradas que le dirigía aquel pintor de mala muerte. Llevaba media hora cuando comenzaron a llamar a la puerta. El pintor, sorprendido, decidió no contestar; pero aquellos golpes apenas imperceptibles se convirtieron en grandes porrazos, que no paraban de sonar. Por fin abrió la puerta. Una pareja de señores mayores le miraban con cara de malas pulgas.

—¿Dónde está nuestra hija?

—¿Quiénes son ustedes? No tienen derecho a entrar en mi casa, llamaré a la policía.

Carmen salió de la estancia y, roja de vergüenza, se tuvo que enfrentar con sus padres.

—Mamá, papá ¿Qué hacéis aquí?

—¿Y tú? ¿Esto era a lo que te dedicabas? Vístete ahora mismo, desvergonzada.

—-No es lo que os imagináis, dejad que os lo explique.

—No hay explicación que valga, coge tus cosas

—Pero..

No la dejaron acabar, casi arrastrándola se la llevaron de allí.

—Mamá, papá, me han de pagar.

—Que se queden con su sucio dinero, mi hija no cobra por esto.

Pobre Carmen, no iba a cumplir su sueño; porque eso era lo que había sido todo, un sueño. A partir de ese día la acompañaban al trabajo y no la dejaron sola un instante.

Un día, de camino a su taller vieron una gran valla publicitaria; y... allí estaba, con aquel vestido

rojo escarlata y la botella de Coca-cola en la mano. La madre de Carmen lanzó un grito

horrorizada; pero la hija comenzó a reír con unas carcajadas que se oyeron por toda la manzana.

Parte de su sueño se había cumplido, a partir de ese momento sería para siempre inmortal.